|
|
VOLUNTARIOS
|
|
|
|
Sales del trabajo y vas a casa, te cambias y te diriges al punto de encuentro, es viernes. Allí te reúnes con otras cuarenta y nueve o cincuenta personas, no las conoces de nada, pero sabes que son ellos porque no están “vestidos para salir”, cada cual tiene sus razones para hacer esto. Viajáis durante toda la noche, es difícil dormir en el autobús, la mañana te sorprende en el país del agua, en Cee veis el mar. Hay que prestar atención, pero si lo haces, en aquel pueblecito, bajo la figura metálica del delfín, en el muelle, puedes ver el cerco negro. Ya has estado aquí antes, así es que sabes que falta poco, al llegar a la plaza de las palmeras el autobús gira a la izquierda y sube hasta el ayuntamiento. Bajáis estirando las piernas, hace frío pero no demasiado, llovizna, cada cual toma su mochila del maletero y juntos os encamináis cuesta arriba, ¿dónde dormiremos esta vez?, sabes que hay dos opciones: el colegio o el polideportivo, la verdad es que no te importa demasiado, sólo necesitas un sitio donde dejar la mochila. En el polideportivo está ese señor bajito con su gorra negra de marinero y su pañuelo al cuello, siempre amable, te proporciona el traje de agua y el mono anticontaminación, “los monos son amplios” dice, como si tuviera que justificar las tallas de las que se dispone, vaya, esta vez son celestes, la última vez eran blancos, alguien dice que los colores están bien porque son los de la bandera, aunque en estos tiempos el blanco haya sido sustituido por el negro, el color de la sombra. Recoges uno de esos monos de taller de las dos cajas que hay a la izquierda, es bueno para evitar en lo posible manchar tu ropa. En total tienes unos guantes, un mono de tela, un traje de agua amarillo y un traje anticontaminación blanco o celeste, dentro de la bolsa encuentras una mascarilla y unas gafas. Con todo eso y las botas de agua que traes en la mochila te diriges a unas escaleras, allí te pones por este orden el mono de taller, el traje de agua y el mono anticontaminación, ya sois un equipo, ahora sois todos iguales, los motivos por los que estáis aquí pueden no ser los mismos, pero ahora ya nada os distingue, bajáis andando hasta el ayuntamiento, allí os precintáis las botas mientras esperáis al autobús que debe llevaros a la playa. Se hace difícil subir al bus con tanta ropa, tienes que sujetarte a la barandilla para hacerlo. Antes de entrar en la playa te pones los guantes y buscas la cinta para precintarte, tal vez ahora estás un poco nervioso, es el momento de hacer lo que has venido a hacer. Enseguida notas el olor, la primera vez te asustaste, ahora vas decidido hacia la fila de capazos, recoges uno del suelo y te diriges a la cadena, sabes que te esperan unas cuantas horas acarreando el maldito veneno en un sentido y los capazos vacíos en el otro, pero también sabes que lo que saques, ya no volverá al mar. Sudas como un condenado y cada vez respiras más profundo y más seguido, notas el sudor en las manos y en la espalda. Algún tiempo después, no tienes reloj y no sabes cuanto ha pasado, te acercas a un “manos limpias”, necesitas que te quite un momento la mascarilla, necesitas respirar. Echas un vistazo en derredor y ves el mar, y las gaviotas, y las olas rompiendo contra las rocas, y tratas de pensar cómo era antes, antes de que cada ola trajese su mucho o su poco de fuel, la maldita carga de ese barco que ahora nos quita el sueño, entonces vuelves la vista a los contenedores, sí, es buena idea mirar a lo que ya habéis sacado, no pensar en lo que queda, miras la cadena, trabajan con bríos, no están desorganizados, están animados, juntos podemos sacarlo, podemos quitar “lo gordo”, después el mar y los técnicos limpiarán lo que quede. Se terminó por hoy, nuestro coordinador nos llama, poco a poco nos vamos retirando de la cadena, los que se quedan te dan las gracias, te palmean la espalda, bromean “te has manchado”. Junto a los contenedores nos cortan los precintos, y nos sacan los monos anticontaminación, todos a un saco, esos hay que tirarlos, pero los trajes de agua amarillos están limpios, te retiras a una segunda línea y alguien te da una bolsa de comida: dos bocadillos, una fruta y un zumo, nunca nada te ha sabido tan bien, estáis tristes por lo que veis, pero satisfechos por el trabajo, mañana volveréis. De
vuelta en el pueblo corréis a las duchas, es posible que no haya agua caliente
para todos. Que inmenso placer: estar seco, con ropa limpia. Ahora formáis
grupitos, empezáis a charlar, qué habéis sentido, donde estabas tú y tú, no te
he visto, bajáis a ver el hórreo más grande del mundo, la iglesia rodeada de
lápidas, la plaza. Llovizna, si guardáis silencio, podéis oír el mar. Entráis
en el bar de la esquina, o tal vez en el otro “tapas e viños” reza el cartel.
Se está caliente y es agradable sentarse, los mayores juegan al dominó, vosotros
seguís hablando, ahora sabes que estos son de Badajoz, que aquél es cordobés y
que ésta es de Madrid. Esta noche, en el cartel que hay colgado en el colegio,
tú firmarás con tu nombre y a continuación escribirás Huelva, y una vez más
recordarás los versos de Benedetti “cantamos porque el grito no es bastante / y
no es bastante el llanto ni la bronca / cantamos porque creemos en la gente / y
porque venceremos la derrota”. En la madrugada del domingo al lunes el autobús
volverá a dejarte en el punto de encuentro, pero tú ya piensas en volver a
Carnota. Por encima de todas las diferencias, por encima de todas las ideas,
muchas personas están juntas trabajando para que lo que ha pasado no vuelva a
suceder, nunca, nunca mais. |
|
|
|
En Madrid
Autor:
Joaquín Novo González |
|