La tarde tenía
toda clase de formas minúsculas flotando en el aire. Desde los campos llegaba el
ruido amortiguado de las máquinas y los hombres laborando. El cielo amenazaba
tormenta desde primeras horas de la mañana pero todavía no se había decidido.
María en la cocina trajinaba con los cacharros de la comida y tarareaba una
vieja canción de Serrat. La brisa abría la espesura del trigo dejando en los
oídos de Marcial una especie de ruido metálico.
-
No
se decanta aún, pero lloverá sin duda y será buena- le dijo desde el zaguán al tiempo que aplastaba un insecto con el
pie.
-
Lo
mejor sería que fueras a buscar a los niños.
Marcial
observó el mar de cereales que se
extendía ante él rodeando la pequeña casa de madera como si fuese el centro de
un universo amarillo y decidió que tenía tiempo para un
cigarrillo.
-
Enseguida
iré, - respondió, y comenzó a rascarse
el bolsillo de la camisa en busca de la petaca y el
papel.
-
Me
gustaría volver a la costa este año. Aunque sólo sea un par de
semanas.
-
¿Cuántos
años hace de la última vez?- preguntó Marcial.
-
Cinco.
-
Los
niños tenían entonces tres años.
-
Sí.
Me encanta oírlos cuando lo recuerdan, por estas fechas no hablan de otra cosa.
Quizá debieras llamar a Juan y preguntarle si tiene algo
libre.
-
Lo
haré no te preocupes. Creo que podrán prescindir de nosotros un par de semanas
aquí.
Los
dedos de marcial trabajaban con virtuosismo y enseguida pudo llevarse el
cigarrillo a la boca, tragó el humo de la primera calada con avidez y luego lo
dejó salir lentamente por la boca y la nariz.
Las
nubes cubrían ya una gran parte de los campos posando su sombra oscura y
proyectando un color parduzco sobre el trigo, el viento cesó repentinamente y
las lanzas de cereal recobraron la vertical y dejaron de chocar unas contra
otras. Comenzaron a caer lentamente las primeras gotas gordas de lluvia sobre
los campos, los hombres pararon las
máquinas y buscaron refugio presurosos bajo el estruendo del trueno que marcaba
el inicio de la tormenta.
-
¿Pero
se puede saber a qué esperas Marcial? - preguntó enojada María.
-
No
te preocupes mujer, ya los estoy viendo llegar.
Por
el camino de tierra llegaban a toda velocidad los niños con las manos sobre las
cabezas, primero iba Julia y unos metros más atrás la seguía Daniel corriendo en
zig-zag. María los observo desde la ventana y los incitó gritándoles para que
avivaran el ritmo. Marcial se rió y dijo:
-
Los
vas a asfixiar, verás.
-
Serían
capaces de atravesar el mundo corriendo sin
inmutarse.
Los
niños entraron gritando en la cocina golpeando fuertemente la puerta batiente
contra su tope, quedó oscilando adentro y afuera durante unos segundos, María
les secó el pelo con una toalla y los sentó a la mesa para que tomaran un vaso
de leche con azúcar y ella misma se sentó también. Marcial contemplaba la
tormenta desde la ventana con impaciencia y algo de temor por la
cosecha.
La
lluvia duró poco, el viento se reanudó tan repentinamente como se había ido y
tal como pasan los trenes de mercancías en dirección a la ciudad, se llevó las
nubes y dejó un cielo azul limpísimo. El sol, que en realidad nunca se había
ido, pudo hacer su trabajo y en poco tiempo despegaban del suelo cortinas de
vapor caliente. Secaron los caminos y el trigo y de nuevo los hombres y las
máquinas se pusieron en funcionamiento.
María
le ordenó a sus hijos que se lavaran la cara y las manos y anunció a Marcial su
intención de acercarse al pueblo para hacer unas
compras:
-
Necesitamos
algunas cosas urgentemente. Es posible que tardemos un poco voy a aprovechar
para visitar a mi madre y creo que luego iré a ver a Juan por lo de la casa en
la playa. ¿Dónde vas a estar tú?.
-
Estaré
toda la tarde en el campo, me voy ahora mismo a relevar a
Lucas.
En
cierto sentido aquella insistencia de su mujer por salir de los campos molestó a
Marcial. A ambos les había costado adaptarse a vivir allí pero ya llevaban el
tiempo suficiente como para haberlo asumido. No obstante, en los últimos
tiempos, María aprovechaba cualquier excusa para dejar aquello aunque fuera sólo
un instante. Era como un pez boqueando en la arena apunto de morir ahogado y a
él le incomodaba mucho esa situación.
Cuando
ocurría esto él se sentía desamparado como un náufrago en medio de la nada.
Exactamente así se sintió una vez más al ver salir la furgoneta al camino de
tierra levantando una nubecilla de polvo y girando en dirección a la general.
María toco el claxon y los niños le gritaron adiós por la ventanilla felices de
ir al pueblo, él les correspondió con un ademán lacónico y casi
resentido.
Muchas veces a lo largo de su vida volvería a
evocar aquel momento de rencor casi como una condena.
Acababa
de enganchar el remolque al tractor cuando escuchó el impacto brutal en el paso
a nivel. Se quedó helado y no se recuperó nunca más. Corrió como un poseso,
podría haber llegado antes en el tractor pero no pensó en eso, sus piernas se
pusieron en movimiento como un resorte automático y ya no pararon hasta la
intersección del camino de arena con el
ferrocarril.
Cayó
de rodillas desbaratado por el dolor y el llanto y notó como un pasajero posaba
una mano sobre su cabeza diciendo:
-
¡Qué alguien haga algo, joder!.
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