TERCER CUENTO FEROZ
                                                Javier Saavedra

 

 

 

 

La tarde tenía toda clase de formas minúsculas flotando en el aire. Desde los campos llegaba el ruido amortiguado de las máquinas y los hombres laborando. El cielo amenazaba tormenta desde primeras horas de la mañana pero todavía no se había decidido. María en la cocina trajinaba con los cacharros de la comida y tarareaba una vieja canción de Serrat. La brisa abría la espesura del trigo dejando en los oídos de Marcial una especie de ruido metálico.

-         No se decanta aún, pero lloverá sin duda y será buena- le dijo desde el zaguán  al tiempo que aplastaba un insecto con el pie.

-         Lo mejor sería que fueras a buscar a los niños.

 

Marcial observó el mar  de cereales que se extendía ante él rodeando la pequeña casa de madera como si fuese el centro de un universo amarillo y decidió que tenía tiempo para un cigarrillo.

-         Enseguida iré, -  respondió, y comenzó a rascarse el bolsillo de la camisa en busca de la petaca y el papel.

-         Me gustaría volver a la costa este año. Aunque sólo sea un par de semanas.

-         ¿Cuántos años hace de la última vez?- preguntó Marcial.

-         Cinco.

-         Los niños tenían entonces tres años.

-         Sí. Me encanta oírlos cuando lo recuerdan, por estas fechas no hablan de otra cosa. Quizá debieras llamar a Juan y preguntarle si tiene algo libre.

-         Lo haré no te preocupes. Creo que podrán prescindir de nosotros un par de semanas aquí.

Los dedos de marcial trabajaban con virtuosismo y enseguida pudo llevarse el cigarrillo a la boca, tragó el humo de la primera calada con avidez y luego lo dejó salir lentamente por la boca y la nariz.

Las nubes cubrían ya una gran parte de los campos posando su sombra oscura y proyectando un color parduzco sobre el trigo, el viento cesó repentinamente y las lanzas de cereal recobraron la vertical y dejaron de chocar unas contra otras. Comenzaron a caer lentamente las primeras gotas gordas de lluvia sobre los campos, los hombres  pararon las máquinas y buscaron refugio presurosos bajo el estruendo del trueno que marcaba el inicio de la tormenta.

-         ¿Pero se puede saber a qué esperas Marcial? - preguntó enojada  María.

-         No te preocupes mujer, ya los estoy viendo llegar.

Por el camino de tierra llegaban a toda velocidad los niños con las manos sobre las cabezas, primero iba Julia y unos metros más atrás la seguía Daniel corriendo en zig-zag. María los observo desde la ventana y los incitó gritándoles para que avivaran el ritmo. Marcial se rió y dijo:

-         Los vas a asfixiar, verás.

-         Serían capaces de atravesar el mundo corriendo sin inmutarse.

Los niños entraron gritando en la cocina golpeando fuertemente la puerta batiente contra su tope, quedó oscilando adentro y afuera durante unos segundos, María les secó el pelo con una toalla y los sentó a la mesa para que tomaran un vaso de leche con azúcar y ella misma se sentó también. Marcial contemplaba la tormenta desde la ventana con impaciencia y algo de temor por la cosecha.

 

La lluvia duró poco, el viento se reanudó tan repentinamente como se había ido y tal como pasan los trenes de mercancías en dirección a la ciudad, se llevó las nubes y dejó un cielo azul limpísimo. El sol, que en realidad nunca se había ido, pudo hacer su trabajo y en poco tiempo despegaban del suelo cortinas de vapor caliente. Secaron los caminos y el trigo y de nuevo los hombres y las máquinas se pusieron en funcionamiento.

María le ordenó a sus hijos que se lavaran la cara y las manos y anunció a Marcial su intención de acercarse al pueblo para hacer unas compras:

-         Necesitamos algunas cosas urgentemente. Es posible que tardemos un poco voy a aprovechar para visitar a mi madre y creo que luego iré a ver a Juan por lo de la casa en la playa. ¿Dónde vas a estar tú?.

-         Estaré toda la tarde en el campo, me voy ahora mismo a relevar a Lucas.

En cierto sentido aquella insistencia de su mujer por salir de los campos molestó a Marcial. A ambos les había costado adaptarse a vivir allí pero ya llevaban el tiempo suficiente como para haberlo asumido. No obstante, en los últimos tiempos, María aprovechaba cualquier excusa para dejar aquello aunque fuera sólo un instante. Era como un pez boqueando en la arena apunto de morir ahogado y a él le incomodaba mucho esa situación.

Cuando ocurría esto él se sentía desamparado como un náufrago en medio de la nada. Exactamente así se sintió una vez más al ver salir la furgoneta al camino de tierra levantando una nubecilla de polvo y girando en dirección a la general. María toco el claxon y los niños le gritaron adiós por la ventanilla felices de ir al pueblo, él les correspondió con un ademán lacónico y casi resentido.

 

 Muchas veces a lo largo de su vida volvería a evocar aquel momento de rencor casi como una condena.

Acababa de enganchar el remolque al tractor cuando escuchó el impacto brutal en el paso a nivel. Se quedó helado y no se recuperó nunca más. Corrió como un poseso, podría haber llegado antes en el tractor pero no pensó en eso, sus piernas se pusieron en movimiento como un resorte automático y ya no pararon hasta la intersección del camino de arena con el ferrocarril.

Cayó de rodillas desbaratado por el dolor y el llanto y notó como un pasajero posaba una mano sobre su cabeza diciendo:

- ¡Qué alguien haga algo, joder!.

 

 

 

 

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